Después de un viaje mochilero que me llevó de vuelta a Venezuela, regresé sola a Buenos Aires. Había dejado atrás una relación y tenía que rehacer mi vida desde cero como migrante: vulnerable, confundida, viviendo en un cuarto con un hueco en el techo de una casa compartida.
Este trabajo nació en una oficina improvisada sin calefacción, donde un mendocino armó su negocio de estafas telefónicas. Vendíamos cursos "certificados" que no lo eran - solo clases grabadas con un diploma trucho, inflando precios con tablets chinas desechables como anzuelo.
Ocho horas diarias escuchando, llamando, contestando, volviendo a llamar. Los datos de personas vulnerables insertándose en mi cabeza como en una base de datos humana. ¿Quién vendió esos números? ¿Quién insertó esos datos en nuestras mentes?
En este proyecto, las interfaces digitales se superponen sobre los rostros, explorando la deshumanización del trabajo de call center y la violencia de un sistema que convierte tanto a trabajadores como a "clientes" en datos procesables.